“Madriguera”, un noir con el que Zidrou y Oriol nos recuerdan que la vida es bella… y que duele

Cuando La piel del oso llegó a las librerías de Francia en 2010 editada por Dargaud, el escritor belga Benoît Drousie obligó a muchos lectores y críticos a hacer pedazos el retrato monolítico que durante años habían compuesto de su desempeño como autor. Profesor, compositor de canciones infantiles y, sobre todo, autor de la popularísima serie L’Élève Ducobu (que suma casi cinco millones de ejemplares vendidos en los países francófonos), la firma de Zidrou se asociaba de forma exclusiva a relatos que interpelaban al público en edad escolar. En cambio, La piel del oso era una historia para adultos que hablaba al lector sobre la violencia y la muerte en el crimen organizado italiano, pero también sobre la añoranza del pasado y la fugacidad de la vida.

Merecedora, entre otras distinciones, del Premio a la Mejor Obra del Salón Internacional del Cómic de Barcelona en 2012, La piel del oso era una obra tan descarnada como bella, cimentada tanto en el talento de Zidrou para armar historias argumentalmente redondas y emocionalmente sugerentes combinando elementos en apariencia antagónicos como en la capacidad de Oriol Hernández para comunicar el dolor y el amor, la crueldad y la melancolía desde la expresividad de sus trazos y su manejo del color, de la arrolladora capacidad narrativa de su lenguaje plástico.

Una década más tarde, el bruselense y el barcelonés recuperan los mismos recursos e inspiraciones que ya emplearon en La piel del oso, y nos demuestran hasta qué punto se han refinado sus respectivos talentos dándonos a leer las notabilísimas sesenta y cuatro páginas que conforman Madriguera.

Un coche caro y elegante, y un perro meándose encima de él. Oriol y Zidrou sintetizan su propuesta en una viñeta.

Esta nueva narración de Zidrou y Oriol comienza con un perro meándose sobre un elegante Fiat negro de los años veinte mal aparcado frente a una sala de cine, un viejo proyector y alguien que espera sentado a que llegue el hombre que ha de asesinarlo.

La sala a oscuras, en la que se proyecta el drama italofrancés Casta Diva y que sitúa el desenlace en 1954, es la última etapa de un viaje que había comenzado una tarde de verano, un par o tres de décadas antes, en Lecce. El adolescente Andrea Montale disfruta de un picnic con sus padres cuando dos de los hombres de un capo mafioso de la zona hacen trizas la felicidad de la familia. Deberían haberse limitado a asustar al padre para que pagase sus deudas, pero los matones terminan asesinándolo y violando a su esposa delante de la mirada del joven Andrea, al que encerrarán en el maletero del turismo familiar, a la espera de que llegue Orso, el temido y respetado don Damiani, que ajusticiará a sus propios hombres, se apiadará del muchacho y lo tomará como hijo adoptivo, sin explicarle que él había enviado a los matones a por su padre.

Desde las primeras páginas asistimos a un perfecto equilibrio, tanto por parte del guionista como del dibujante, entre la crudeza y la sordidez de la violencia (esa viñeta en que, ante el marido asesinado y el adolescente en shock, el criminal le pregunta a la mujer: Tu culo o el de tu hijo) con la lírica de la tragedia que se despliega en las dos primeras páginas. Madriguera es un constante mecerse entre ambas realidades.

La capacidad de Oriol y Zidrou para plasmar la sordidez es uno de los rasgos más notables de este cómic.

A los mimbres de irremediable vendetta familiar e historia de gánsteres con los que se abre la novela tenemos que trenzarles la historia de amor entre el adoptado Andrea y Aurelio Damiani, que, tan pronto como se acarician la mano con toda discreción, oscurece la sombra de la tragedia que se cierne sobre la historia desde la primera viñeta, y la poética sobre la vida que atraviesa buena parte de la sorprendentemente abundante producción de Zidrou.

Y es que Madriguera es, en primera instancia, una historia de mafiosos. Pero esa sería casi la coartada, la excusa estética, porque el cómic no se limita a la pura exhibición de violencia, a la épica romántica de los que viven en los márgenes de la ley (a esto último, de hecho, no juega en absoluto), y busca claramente ofrecer algo más. Recuerda, en ese sentido, a la indagación de la condición humana que realizan partiendo del hecho mafioso novelas como El Padrino de Mario Puzo, o relatos periodísticos como Honrarás a tu padre, de Gay Talese, o Gomorra, de Roberto Saviano. La lealtad y la muerte, la violencia y la belleza, el sexo y el amor gravitando en torno a los seres humanos vuelven a servir a Zidrou para escribir una historia de opuestos en tensión constante y ahondar la experiencia de ser.

Por eso, al margen del olor a pólvora de una pistola recién disparada y del sabor ferruginoso de la sangre, de los trajes elegantes de corte italiano y la luz del sol en el sur de Italia, Madriguera es también un relato sobre el dolor y la belleza, sobre la experiencia de vivir. Aunque uno no sea el hijo adoptivo de un capo mafioso, ni se enamore del hijo de su padre… Porque como se invita a recordar al lector, el dolor, la belleza y la vida nos interpelan y nos atropellan a todos en algún momento.

¿Qué busca en el asiento vacío la mano de ese hombre que está a punto de morir?

Estas dos vetas de lectura que se entrelazan a lo largo de toda la narración quedan fijadas por dos fragmentos que Zidrou repite hábilmente tanto al inicio como al final del álbum, sellando con ellas un relato circular. Cuando espera a que llegue su asesino en la penumbra de la sala de cine, el protagonista piensa por primera vez: Una bala. Aún no han inventado nada mejor para decir adiós a los secretos que nos atormentan. Pero el olvido es un privilegio exclusivo de los vivos. Los muertos recuerdan. Este primer lema actúa de leit motiv invocando todos los elementos propios del noir. Pero existe un segundo, que reza La vida es bella. Pero, ¿lo sabe? ¿Lo sabe de verdad?, que Andrea evoca por primera vez como preludio a la dolorosa página en la que Oriol nos muestra la reacción de su madre después de haber sido violada.

A partir de esas dos reflexiones Madriguera se proyecta a lo largo de sesenta y cuatro páginas en las que Oriol vuelve a exhibir su talento para narrar, para comunicar una amplia panoplia de emociones desde el trazo, desde una excelente elección y composición de los planos, y Zidrou nos mantiene con las emociones en vilo y el pensamiento dialogando con las preguntas que se insinúan con el pasar de las páginas. Ambos combinan los elementos propios del género negro, clichés que hemos leído y visto antes pero que se nos antojan nuevos o, cuanto menos, distintos y a los que saben dar un giro para evitar que la historia sea del todo previsible. Y así nos brindan una novela gráfica que a ratos nos acaricia como la brisa del Mediterráneo, y a veces nos duele como si fuesen nuestros dedos los que Orso está machacando con un cascanueces mientras un bebé llora asustado.