Crossover, héroes, autores decadentes, cameos imposibles y golpes de realidad

¿Qué es en lo primero que se piensa cuando se trata de discernir qué es lo que tiene el cómic que tanto enamora a sus lectores? Lo más probable es que se den todo tipo de respuestas: los personajes, las ideas locas, la espectacularidad, el lenguaje, la manera peculiar que tiene de llegar, la posibilidad de contar historias a través de imágenes, la belleza del dibujo, la manera de crear secuencialidad a través de imágenes fijas…

Este es un medio que se puede abordar desde múltiples perspectivas y todas ellas son válidas. Pero, como en el amor, lo que realmente te atrae de algo o alguien es aquello que no se puede definir de una manera certera con palabras. Es más que una suma de cualidades; es un elemento invisible e imperceptible que te ata irremediablemente a una persona o, en este caso, al noveno arte.

Es inevitable pensar en que a Donny Cates se le pasaban por la cabeza todos estos pensamientos cuando ha construido argumentalmente Crossover. Y es que esta obra no deja de ser un homenaje y una oda a todo aquello que le gusta del cómic. Una que, además, a pesar de tener una alta carga de metalingüística, es muy accesible y entretenida.

Lo es porque el escritor consigue contar una historia directa y sencilla, en primer lugar. Luego, tocó hacer honor al título: cruzar dicha historia con todos los personajes que tanto le han gustado y le gustan. Es un niño pequeño jugando con sus muñecos, pero si este fuera capaz organizar una narrativa coherente.

Es sorprendente lo lejos que ha sido capaz de llegar Cates, convenciendo a distintos autores para que le dejen prestadas sus franquicias para que esta las incluya en su proyecto. El lector observa asombrado como no dejan de hacer acto de aparición personaje de distintas editoriales con total naturalidad sin que eso chirríe con la historia que se pretende contar. Y, siendo honestos, esa es la salsa de este plato. 

La premisa no es otra que la especulación de qué pasaría si, tras un evento, los héroes de los cómics lograran entrar en nuestra realidad. Eso, obviamente, ocasiona un gran desastre global que hace que el mundo cambie. Eso provoca que comience a ser perseguido absolutamente cualquier cosa relacionada con las viñetas. Aquellos que siguen disfrutando de este medio, a pesar de todo, se han convertido en una especie de resistencia muy nicho y la protagonista de la historia es una de esas personas que desafían el estatus quo.

Evidentemente, esta una de esas piezas para las que es mejor llegar desde una inopia absoluta. No en vano, guarda muchas sorpresas que es mejor que el lector las vaya descubriendo por su cuenta y riesgo. Es una obra que ha tenido el objetivo claro de recuperar la capacidad de asombro de un público cada vez más resabiado. Y que lo logre, significará que a la narrativa secuencial todavía le queda mucha cuerda.

Este proyecto, además, nace de un problema de salud que hizo que Cates se planteara que iba a morir. Lo mismo le sucedió en 2015, cuando creó God’s Country. Sin embargo, aquí ha querido exorcizar ese demonio desde un optimismo mucho más sano. E, incluso, desde la ingenuidad: lo que ha buscado hacer con Crossover es hablar de todo aquello que le gusta y tratar de explicar elocuentemente el por qué. Y es más que evidente que la misión ha sido cumplida.

El tono, por tanto, es mucho menos grave de lo habitual en su trabajo. Se siente que se ha aspirado a alcanzar una ligereza inusual para él. La obra nunca se ha tomado demasiado en serio a sí misma y abraza en el humor absurdo en determinadas circunstancias. Por su propia premisa, es un trabajo de calado y hay cierta pretenciosidad, pero en ningún momento te da la sensación de que busque ser más de lo que es.

A favor de ello juega un ritmo espídico. No da tiempo a terminar de asimilar una idea cuando ya te ha lanzado la siguiente, que es todavía más chocante e interesante. En cierto modo, el lector se ve avasallado ante un aluvión incesante de conceptos. Tal vez hubiese convenido echar el freno en determinados momentos y tratar de analizar con mayor profundidad algunas cosas, pero eso hubiese roto parte de la esencia de la obra: el entusiasmo.

El arte de Geoff Shaw muestra una mayor madurez respecto a las obras que le dieron a conocer. Se nota que ha comprendido que esta es una obra de mayor envergadura y hay una búsqueda de dar lo mejor de sí. Debe de haber sido profundamente divertido el poder ir un mundo muy parecido al nuestro desde cero e integrar en clave “realista” algunos personajes históricos de la industria americana. Expone una flexibilidad a la hora de componer las páginas de una forma muy limpia. Hay un esfuerzo de depuración artística y un detallismo fuera de toda duda.

El color de Dee Cunniffe entiende en todo momento el arte y lo alimenta y enriquece. Opta por una paleta muy pop y colorista, más que adecuada al proyecto, pero además se suma a esa inercia de probar cosas. Se aprovecha del carácter de esta obra para plantear algunas estrategias que hacen referencia a los métodos de coloreados antiguos frente al digital. Todo ello a la vez que logra que el mundo tenga consistencia a pesar de que se hayan incluido personajes de otros universos con estéticas dispares. Desde luego, es un trabajo más que meritorio.

Panini Cómics lanza esta esperadísima serie en un tomo muy cómodo y cuidado al que, sin embargo, se le podría exigir que hubiese venido acompañado de algún tipo de material extra, más allá de la introducción de Cates y las portadas originales y alternativas.

Crossover es pura magia del medio capturada en unas pocas viñetas y haciendo que parezca fácil. Una prueba de que la inabarcable versatilidad que tiene este medio en manos de aquellos que saben jugar con su lenguaje. Porque puede que este cómic no haya inventado el metalenguaje, pero sí tiene una cualidad prodigiosa: no se parece a ningún otro cómic experimental que puedas leer.