Thor de Dan Jurgens y John Romita Jr., un blockbuster con corazón

¿Placer culpable o periodo infravalorado? La etapa de Dan Jurgens al frente de la colección de Thor, que abarca desde julio de 1998 a mayo de 2004, es una de las más longevas en la trayectoria del personaje, pero también la que más sensaciones encontradas despierta. Nunca veremos estos 81 números -79 de la colección regular y dos anuales- incluidos en las listas de lecturas imprescindibles de Marvel. Sin embargo, en el corazón de muchos fans de varias generaciones comparten podio con las eras de Kirby-Lee y Walter Simonson, a veces por encima de la excelsa etapa de Jason Aaron, tan venerada por la crítica. Ahora que Panini ha vuelto a editar En busca de los dioses es buen momento para repasar los méritos y deméritos de esta etapa, al menos en sus dos primeros años de vida.

Reciente aún su desembarco en Marvel tras catorce años en las filas de la Distinguida Competencia (1982-1996), a Dan Jurgens ya le había dado tiempo a rechazar la propuesta de hacerse con las riendas de Thor. A la inseguridad que le generaba ser incapaz de hacer justicia a un personaje tan difícil de manejar, se sumaba un contexto editorial tóxico. En algunos mentideros de la Casa de las Ideas se daba por amortizado al dios del Trueno, que carecía de colección propia desde septiembre de 1996, a pesar de las propuestas de pesos pesados como Rogern Stern o Peter David para insuflar nueva vida al personaje. Jurgens acabaría por ceder poco después, animado por la insistencia del editor de la colección, un Tom Breevort con el que compartió largas conversaciones en las que estudiaron fórmulas para recuperar la relevancia de antaño del personaje, pero también por la posibilidad de compartir equipo con el imbatible tándem formado por John Romita a los lápices y Klaus Janson a las tintas.

Como en tantos productos de la era Heroes return, aunque de manera mucho menos disimulada, se vendió como reclamo el regreso a la esencia del personaje para recuperar la atención de la base de fans que se había bajado de la colección en los últimos años,  al tiempo que se actualizaba la narrativa y se partía de un nuevo comienzo que sedujese a unas nuevas generaciones con pocas ganas de hacer arqueología editorial. El segundo volumen de la colección recupera sin complejos la querencia por la mitología nórdica trufada de referencias pop de Kirby, y juega a contrastarla con la visión cínica y polarizada de finales del siglo XX. En una sociedad despojada de la inocencia de antaño, la presencia de Thor suscita tanto la pasión desmedida de seguidores que le veneran como a un ídolo musical como el odio irracional de personajes mediáticos que le acusan de tener una agenda oculta. Aunque el elenco asgardiano es recuperado en su totalidad en esta nueva etapa, Breevort y Jurgens optan por soltar lastre y deshacerse de Donald Blake, el primer alter-ego humano de Thor, al considerar que su arco de personaje ya estaba desgastado. Otros destacados secundarios, como la doctora Jane Foster, aparecen en roles en los que no estamos acostumbrados a verles, u ocupan menor peso que antaño en la trama, como le sucede a un Loki bastante difuminado.

Golpe a golpe

En sus dos primeros años, la colección supone un apabullante triunfo de las formas sobre el fondo. La primera vez que el lector se topa con el Thor dibujado por Romita Jr. es en forma de doble splash-page en la que se recurre al plano picado para mostrar a un gigantesco Dios del Trueno que emerge de las nubes blandiendo su martillo en inequívoca pose mesiánica. Una formidable composición que enfatiza su condición divina, y que sirve de preludio a todo lo que vendrá después a nivel gráfico en la colección. Si se enfatiza explícitamente el tamaño de los dioses, parece querer decir al lector Romita Jr., sus batallas también han de resultar más grandes que la vida. Así, tan solo veinte páginas después, asistiremos a un violentísimo combate de los Vengadores contra el destructor, en el que los golpes parecen traspasar la viñeta e impactar en el lector. Una sinfonía de cuerpos magullados, rostros desencajados y destrucción masiva que será la tónica de la colección desde ese momento, y que se reproducirá en las batallas posteriores del Dios de Trueno contra enemigos como Juggernaut, el hombre absorbente o Mangog.

Es frecuente que en estos lances Romita Jr. presente una disposición de la página consistente en un gran panel vertical que muestra al héroe con los músculos tensionados, acompañado por tres viñetas horizontales con primerísimos primeros planos de la batalla. Los numerosos cruces con superhéroes fetiche de la casa como la Bruja Escarlata, Iron Man o Spider-Man le sirven como excusa perfecta para probar soluciones gráficas creativas, como ese vibrante montaje de página paralelo en el que las identidades civiles del trepamuros y Thor se refugian en sendos callejones para transformarse en su alter-egos heroicos; una imaginativa secuencia visual que se ve reforzada por unos  bocadillos de texto de Jurgens en los que se reflexiona sobre la pertinencia de la figura del héroe, y que culmina con una fantástica splash-page en la que ambos se elevan sobre los rascacielos de Nueva York.

La alargada sombra de Kirby también alcanza al apartado gráfico. Romita Jr. homenajea expresamente al maestro en más de una ocasión, como refleja esa arquitectura de Asgard tan deudora de los movimientos vanguardistas del siglo XX, la imaginería tecnocientífica de planetas ignotos y dimensiones paralelas o el diseño de gigantescas máquinas retrofuturistas. La apuesta por la violencia gráfica y las arquitecturas colosales contrasta con momentos insospechadamente líricos, como ese descenso del cuerpo inerte de Thor en las frías aguas del Atlántico, mientras las viñetas se van oscureciendo progresivamente hasta llegar a la negrura más absoluta. Los lectores más jóvenes que le hayan conocido a través de los Vengadores de Brian Michael Bendis y no entiendan el predicamento que despierta su arte, tienen aquí una oportunidad para redescubrirle en toda su grandeza.

En el nombre del padre

En su paso a Marvel Jurgens comprendió muy pronto que, a diferencia de las estrellas de la Distinguida Competencia, los superhéroes de la Casa de las Ideas tienen al menos tantos defectos como poderes, y el poderoso Thor no supone ninguna excepción en este sentido, como se encarga bien de recalcar. En una de sus primeras apariciones mira por encima del hombro con arrogancia a quien se atreve a cuestionar su condición divina. Su imponente apariencia no le basta para camuflar los ataques de ira a los que se entrega más de lo conveniente, su soberbia casi genética o la soledad a la que se ve abocado, que le lleva a acabar en una taberna portuaria, cerveza en mano y rostro perdido, ante las miradas atónitas de la parroquia habitual.

Pero el gran talón de Aquiles de Thor es la difícil relación con su padre. El conflicto paterno-filial vertebra toda la etapa de Jurgens, aunque en estos primeros números se limite a sembrar las semillas de la discordia. Odín está orgulloso de los logros de su hijo, aunque no  siempre apruebe sus elecciones y discrepe de sus métodos, pero no le tiembla el pulso a la hora de utilizarle como una marioneta para sus fines. Tras sembrar pistas falsas sobre la identidad de Marnot durante más de una decena de números, se revela que éste no es sino la encarnación antropomorfizada de Hescamar, uno de los cuervos de Odín, que ha utilizado la figura de Jake Olson como comodín a espaldas de su hijo. En el caso de que se produzca la vuelta de los llamados Dioses oscuros, el Padre de todos contaría con un as en la manga, al ser incapaces estos seres de detectar la presencia de Thor cuando este adopta forma humana. Aunque Thor llega a rebelarse verbalmente contra el plan, Jurgens prefiere no echar sal en la herida y no profundizar en la brecha abierta.

La macrosaca de los dioses curos, que libraron una batalla contra Asgard en tiempos inmemoriales y ahora han vuelto para cobrarse venganza contra la estirpe de Odín, ocupa la mitad de grapas de este primer periodo. Jurgens ideó este pantéon como contrapunto siniestro a los dioses de Asgard. Deidades como Perrikus, Adva o Zelia personifican lo que el guionista considera como  valores perversos del mundo moderno. En su obsesión por borrar del mapa a los dioses tradicionales para imponer un nuevo orden, empozoñándolo todo a su paso hasta dejarlo irreconocible, suponen una deliciosa broma metatextual sobre los excesos de la era Marvel Reborn (más detalles en el podcast que se le dedicó a Marvel en los noventa), que hay que erradicar a toda costa para retornar al orden natural del Universo.

Lástima que el resto de arcos argumentales del periodo, en los que se recuperan creaciones originales de Lee y Kirby como Los tres encantadores, que habían aparecido de forma fugaz más de treinta años antes, o se trae de vuelta a Thanos y Mangog en su enésimo empeño genocida, carezcan del brío narrativo que imprime Jurgens en sus primeros números. Las tramas comprendidas entre el número 14 y 25 del segundo volumen resultan algo reiterativas con respecto a la saga de los dioses oscuros –villanos que vuelven para ajustar cuentas con Odín o se aprovechan de sus debilidades en su búsqueda del poder absoluto-, pero también por las cada vez más numerosas ausencias de un Romita Jr., al que sustituyen, con resultados dispares, dibujantes como Michael Ryan o Lee Weeks. Mucho más convincente resulta el efectivo anual dibujado por Jerry Ordway que ata todos los cabos sueltos de la trama de Jake Olson e incluye una original coda, De cenizas y derrota, con estética de BD europea a cargo de José Ladrönn.

Las aventuras de Thor en este tramo se suceden a un ritmo frenético, en el que no hay tiempo ni espacio para farragosos flash-backs, desarrollo de los personajes o reflexiones de calado. Más adelante, cuando Thor complete el arco vital que le lleva a heredar el trono de Asgard y repetir los errores de su padre, abundarán en la colección los silencios valorativos, las disquisiciones filosóficas y teológicas y los claroscuros morales. Un concepto radicalmente diferente a esta apuesta inicial de Jurgens/Romita, que aquí parecen pasárselo en grande pergeñando sin más pretensiones este blockuster de alto presupuesto trufado de bravatas, acción superheroica de alto voltaje y drama shakesperiano muy ligero, que sorprendentemente ha aguantado extraordinariamente bien el paso del tiempo, y cuyo sentido de la maravilla acaba por imponerse al constante Déjà vu que genera su lectura.