Superman, las cuatro estaciones del camino del héroe

El inconfundible toque Loeb

Jeph Loeb (Stamford, Conneticut, 1958) empezó, no podía ser de otra manera, como fan. Su padre era el vicepresidente de la Universidad de Brandeis donde, a principios de los 70, estudiaba Elliot S! Maggin, del que se hizo muy amigo y al que considera su mentor. Maggin fue el escritor de Superman en los 70 y hasta Crisis en Tierras Infinitas. Loeb, sin embargo, no inició su carrera como escritor en los cómics sino en el cine, con películas como Commando o Teen Wolf y sus secuelas. Mientras preparaba un guion para una película de Flash conoció a Jenette Kahn, que le ofreció escribir para DC. El resultado fue la miniserie de 1991 Challengers of the Unknown donde coincidió por primera vez con Tim Sale (Ithaca, NY, 1956), el inicio de una fructífera y exitosa colaboración.

Las tres décadas de carrera de Loeb abarcan idas y venidas entre Marvel, DC y la industria cinematográfica. Entre sus hitos están introducir la kriptonita roja en Smallville, volver rojo a Hulk, escribir capítulos de Heroes o Perdidos, editar y escribir para Rob Liefeld, firmar el peor tebeo que he leído nunca, Ultimatum, y durante 10 años dirigir la rama de televisión de Marvel hasta que el ascenso de Kevin Feige en 2019 le apartó del puesto.

Debo confesarlo: para mí Loeb es lo que para otros es Bendis, el autor al que amo odiar, el que me dio más alegrías en mi criogenizado blog. La carrera de Loeb está jalonada de colaboraciones con los mejores dibujantes de su época en historietas que llenaba de personajes, cuanto más mejor para disfrazar unas historietas sin lógica alguna en las que las cosas pasaban porque sí. Con esta fórmula Loeb consiguió ser un auténtico superventas durante el final de los 90 y los 2000. Sin embargo, Loeb tiene una gran cualidad: sabe sintetizar la esencia y el pasado de los personajes y presentarlo de la forma más cómoda y amable posible para cualquier tipo de público.

Esto lo podemos ver tanto en su obra en Marvel, (las miniseries “de colores” con Daredevil, Spiderman, Hulk y Capitán América que ahora está reeditando Panini) como en su obra en DC, con la serie de historias relacionadas con Batman: The Long Halloween o en Superman For All Seasons con el común denominador de que todas están realizadas a medias con Tim Sale, en una colaboración tan estrecha que no firman como “guionista-dibujante” sino como “narradores”.

La gran novela americana

En Superman Las cuatro estaciones Loeb y Sale reconstruyen los inicios de Superman, concretamente el de la versión de John Byrne, que en aquel momento solo contaba con 13 años de vigencia. En un mercado que no sabía a que carta quedarse, esas indagaciones en los orígenes de los personajes estaban a la orden del día, ya fuese Las historias jamás contadas de Spiderman donde Kurt Busiek rascaba en los intersticios de las páginas fundacionales de Lee y Ditko, o los varios intentos de John Byrne, el Spiderman Capítulo Uno, Patrulla X: Los años perdidos o Marvel: la generación perdida sin olvidar, por supuestos, las historias con Batman de los propios Loeb y Sale que tomaban las ideas de Frank Miller en Batman Año Uno para contar una suerte de continuación.

Aquí se respeta totalmente el canon byrneano pero añaden nuevos detalles e historias inéditas alrededor del primer año de la carrera de Superman. Contra lo que pueda indicar el título esta historia no abarca un año de la vida del personaje, sino que el primer capítulo, Primavera, empieza justo cuando Clark Kent está a punto de acabar el Instituto para luego dar un salto de varios años y encontrarlo ya con el traje azul, rojo y amarillo al principio de su carrera, trabajando ya en el Planet y enemistado con Luthor. Los siguientes capítulos, consecuentemente llamados Verano, Otoño e Invierno sí que parecen suceder en el mismo año.

En Primavera Clark piensa qué hacer con su futuro. Está narrado por un preocupado Jonathan Kent, que por supuesto quiere lo mejor para su hijo, pero se siente incapaz de ayudarle a decidir su futuro sin darse cuenta de que ya le ha dado todo lo que le hace falta. Un tornado le da ocasión a Clark de usar sus poderes y de darse cuenta de que debe usarlos para ayudar a la gente. Tras revelarle a Lana sus habilidades, como ya contó Byrne en su día, Clark se va de Smallville y cuando nos lo encontramos, como ya hemos dicho, ya ejerce de Superman en Metrópolis y salva a un niño que se dedica a correr por las azoteas además de contarle que el traje “se lo hizo su mamá”.

El segundo capítulo está narrado por Lois Lane, e indaga en las razones de por qué alguien con tales poderes se dedica a hacer el bien. Luthor, cuyo pecado favorito es la envidia, es presentado como un trasunto de Donald Trump, entonces un empresario mediático que presumía de sus dotes negociadoras, aunque fuera con terroristas. Clark vuelve a Smallville y confiesa que hace años que no sabe nada de Lana, en un ejemplo de esas incongruencias tan típicas de Loeb: una cosa que esté años sin verla, pero que no se haya interesado nunca por cómo estaba ni que les haya preguntado a sus padres ni que estos, viviendo en un pueblo tan pequeño no tuvieran ni idea de que ella ya no vivía en Smallville, eso no se lo cree nadie. Donde estaba Lana, por cierto, lo contó también John Byrne con ocasión de la saga Millenium.

El tercer capítulo, narrado por Lex Luthor, sucede justo cuando Superman consigue que detengan a Luthor por primera vez y aquí Superman se comporta de manera un poco obsesiva, espiando constantemente al multimillonario, haciéndole saber que le está vigilando.

Con poco éxito por otra parte, porque Luthor manipula a una experta en virus obsesionada con Superman para crear una situación que deviene en una muerte que no puede evitar. También para un tren a punto de descarrilar porque su conductor se ha desmayado, porque en el Universo DC los trenes no tienen mecanismos de seguridad para situaciones así, como sí tienen los de nuestro mundo. Además, lo para a lo bruto sin preocuparse de que el frenazo pueda dañar al conductor o a los pasajeros. Las cosas de Loeb, ya te digo.

Si Luthor no puede destruirle físicamente sí lo hace anímicamente: Clark vuelve a casa en invierno, tanto real como metafórico. Los sicarios con armadura de Luthor ocupan el lugar de Superman como salvaguarda de Metrópolis, aunque sea para regañar al mismo niño del primer capítulo que se empeña en chafardear por las cornisas de los rascacielos de Metrópolis. Lana ha vuelto a Smallville y se convierte en la narradora de esta última parte. Las conversaciones que tiene Clark con ella y con el resto de sus paisanos y que salve de una inundación al pueblo (vaya con el pueblo, no entiende uno que tenga habitantes), a su padre y al perro (ahí te he visto, Zack Snyder) le convencen (sin mucha explicación, la verdad) para retomar su papel como Superman, admitiendo que incluso el tiene limitaciones y volviendo a Metrópolis a tiempo de salvar al jodido niño que corretea por las cornisas y que merecería darle la razón a Darwin.

Como hemos dicho, Loeb clava la esencia del personaje, su personalidad y sus motivaciones. Sabe que si Superman es algo es por lo que es Clark, un chico honesto de pueblo criado por los mejores padres posibles y te lo presenta de una manera realmente emotiva. Es una lástima que su obra, usada en el caso de Batman una y otra vez para sus adaptaciones fílmicas, no haya calado en la versión snyderiana de Superman, aunque sí haya mucho de eso en la reciente Superman y Lois. Aquí el guionista usa y abusa del recurso de la narración en off, algo muy típico suyo, y que generalmente acaba por aburrir. Son textos muy bien escritos, pero peca por exceso, por mucho exceso.

Hay que hacer notar que Loeb se atiene milimétricamente a la versión de Byrne, y no deja de ser llamativo que casi inmediatamente escribiera la serie regular del personaje y procediera a recuperar muchísimos elementos del Superman de la Edad de Plata, incluyendo a Supergirl, pero tampoco es de extrañar habida cuenta de que fue el editor del Supreme donde Alan Moore demostró cómo se podían modernizar todos esos conceptos que la DC y el John Byrne de los ochenta consideraron un lastre obsoleto.

El aspecto gráfico es, simplemente, apabullante. En estos momentos Tim Sale está en todo lo alto de su arte, un estilo que no rehúye de la exageración casi caricaturesca, sobre todo en el físico del héroe, que bebe mucho tanto de la versión de Byrne como en la de Frank Miller. Narrativamente opta por usar viñetas muy grandes, y abundancia de splash pages y cuida especialmente la ambientación. Sale dedica esta obra a Norman Rockwell, el pintor de la América brillante y feliz de los años 50, pero no se queda en las bucólicas escenas en Smallville, sino que lo extiende a una Metrópolis retrofuturista, con edificios y calles impolutas en un ejercicio de nostalgia de una América que nunca existió. Pero también hay algo de Edward Hopper, sus paisajes urbanos y sus personajes solitarios en habitaciones. Gráficamente es magistral, un resultado al que no son ajenas las acuarelas y los lápices de colores del colorista danés Bjarne Hansen.

Y, por cierto, el título de este artículo no es gratuito. Como tantas otras, esta historia sigue, queriendo o sin querer, las etapas de la estructura del monomito de Joseph Campbell, en cualquiera de sus formulaciones, desde «la llamada de la aventura» hasta convertirse en el “maestro de los dos mundos”, las dos poblaciones que definen al personaje. A pesar de sus incongruencias y sus textos monolíticos, Superman Las cuatro estaciones es un excelente punto de entrada al personaje y un recordatorio de por qué es el primer y mejor héroe de todos. Que me da que ya he escrito esto en esta web, pero no por ello es menos cierto.