30 Monedas, Álex de la Iglesia regresa al terror puro en una serie de HBO

Alex de la Iglesia dio un muy rotundo golpe en la mesa cuando estreno El Día de la Bestia. Fue la película que, irremediablemente, inspiró a todos los que vendrían después. A pesar de que ya había un notable precedente llamado Acción Mutante, fue su segunda película la que cambió el devenir del cine español (y del cine, sin etiquetas). Demostró a gran escala que el cine fantástico hecho bajo estas fronteras no solo tiene un gran valor, sino que es viable económicamente. Y ese fue el germen del hoy reconocidísimo cine de terror hecho aquí. 

Ahora, 25 años más tarde, vuelve para recordar que esto sigue siendo así. 30 Monedas es ese espíritu primigenio revisado por la madurez en la que se encuentra el director en formato de serie para la HBO que, a buen seguro, va a dar mucho de qué hablar. De hecho, ya lo hacía desde antes de estrenarse.

El arranque de esta serie in media res ya te deja lo suficientemente impresionado como para ver qué que quieras seguir viendo. Es muy críptico y despierta preguntas, pero también es violento e impresionante. Sin embargo la premisa es otra: en Pedraza, un pequeño, apacible y bellísimo pueblo de Segovia, una vaca da a luz un bebé humano. Ese detonante, presentado directamente en la primera escena, conducirá a una crisis dentro de la comunidad para cuya resolución parece ser clave el misterioso Padre Vergara, un cura que lleva en el pueblo tan solo un año.

El irreconocible e intimidante aspecto de Eduard Fernández.

El guion de este primer episodio, firmado por Jorge Guerricaechevarría y el propio de la Iglesia, que vuelven a formar tándem, no tiene tregua. Va a un ritmo endiablado, da la información precisa cuando debe y consigue manejar todos los recursos necesarios para transmitir esa sensación de tensión constante (a lo cual contribuye la atmósfera que es capaz de crear el director). La sucesión de acontecimientos es lógica pero sorprendente y mantiene un crescendo constante. El trabajo de este primer episodio es sólido como una roca y mantiene un nivel de peripecia al que pocos pilotos han sido capaces de acceder.

No en vano, se está hablando de la unión de dos de los grandes talentos de los que dispone la industria, con una experiencia dilatada detrás, haciendo uso de una libertad creativa y de unas ganas de disfrutar del proceso. Todo ello se deja entrever en todo momento. Con esos mimbres, era difícil que el resultado no fuera a ser menos que notable.

Los referentes de los que se parte son claros, no se tratan de ocultar. Hay que retrotraerse a los mejores ejemplos de cine de terror de los setenta, ochenta y noventa. Tiene pizcas de La Profecia de Richard Donner, de La Semilla del Diablo de Polanski, de Tobe Hopper o de la legendaria El Exorcista de Friedkin. También se aprecian retazos de la atmósfera de Quien Puede Matar a un Niño. Pero de la Iglesia pasa por un filtro personal todas esas cuestiones y pone en ellas mucho de sus filias y sus fobias para dar con algo nuevo. Y es que el autor tiene un estilo muy particular y fácilmente distinguible que aquí permanece no solo intacto, si no depurado. Esta serie es artefacto perverso y juguetón que sabe perfectamente donde se enmarca y que no deja de ser muy satisfactorio cuánto más se conoce a las obras de las que toma inspiración.

Costumbrismo castellano.

A uno se le puede pasar por la cabeza algunos ejemplos de terror rural producidos en España. Pero no hay ningún precedente de algo como esto. Es una serie extrema, con un fuerte componente estético con la finalidad de epatar y entretener al espectador. Y a pesar de ello, y de ser consciente todo el rato de que es un mecanismo de ficción, el vasco logra darle mucho de la cotidianeidad castiza española. Fue el primero en hacerlo y vuelve a repetirlo en un contexto bastante diferente. Resulta curioso como este realizador ha entendido tan bien la idiosincrasia de un pueblo castellano, teniendo en cuenta de que la mayor parte de sus pelis han estado localizadas en ciudades o bien en Euskadi, donde creció.

El pulso tras la cámara de este realizador está fuera de toda duda a estas alturas. Pero se aprecia a un director más sosegado respecto hacia a donde ha estado dirigiendo su carrera últimamente y eso le ha insuflado una nueva vida. Sin traicionarse a sí mismo, se nota una intencionalidad muy distinta a la que pudo tener en sus últimas producciones. Y eso ha juega en favor a la hora de tener unos personajes más creíbles y menos caricaturescos, lo cual lleva a una mayor implicación emocional del espectador al acercarse a la serie.

Éramos pocos y parió la vaca.

El reparto está encabezado por un Eduard Fernández que vuelve a demostrar ser uno de los mejores actores vivos. Transmite con facilidad esa ambigüedad y le da una humanidad a un personaje que, hasta el momento, es el más extremo de toda la serie. Megan Montaner da mucha credibilidad a su personaje gracia a su contención, y Miguel Ángel Silvestre sorprende con un personaje muy alejado de su zona de confort. El reparto lo completan Macarena Gómez, tan carismática como viene siendo habitual y Manolo Solo, que no se ha dejado ver en este primer episodio. Mención aparte merece la espeluznante aportación hecha por una pletórica Carmen Machi.  A pesar de que este casting pueda ser chocante en primer lugar, es muy acertado y se se saca lo mejor de todos y cada uno de los y las intérpretes.

2020 ha sido un año nefasto. Pero no ha habido otro año en el que la ficción seriada española ha alcanzado concentrar tanta calidad. En este año han coincidido productos Antidisturbios, La Veneno, Patria, Escenario 0, La Unidad o Mira lo que has Hecho y solo hacía falta esta serie para aportar variedad y poner la guinda. Queda por esperar la llegada del estreno, todavía por confirmar, de la segunda temporada de El Vecino.   

30 Monedas es la constatación no solo de la evolución de Álex de la Iglesia, si no de la industria. Hace unos cuantos años, era inconcebible poder llegar a ver una serie de estas características a tal escala y con la ambición con la que se ha presentado. Pero el, a estas alturas veterano, director logra, por lo menos en este primer episodio, encajar todas las piezas y que funcione sin una sola pega. Una obra impecable e implacable de la que es imposible no apartar la mirada. Y que promete que la fiesta no ha hecho más que empezar.