Los sueños que descansaban tras cada kiosco…

Antes de descubrir las tiendas de cómics del centro de Madrid existían los kioscos...

Antes de descubrir las tiendas de cómics del centro de Madrid estuvieron los kioscos. No soy lo bastante mayor como para recordar aquellos de Barrio que nos recordaba Carlos Giménez, esos establecimientos de posguerra en los que se cambiaban tebeos además de venderse. Pero sí soy lo bastante viejo como para recordar que en España, durante los primeros 80, los kioscos fueron el primer escaparate del que me enamoré.

Ahora que tenemos las Crisis en Tierras Infinitas de Berlanti en el horno, recuerdo comprar en grapa de Zinco esos tebeos, al igual que buena parte de lo que conservo de Forum. Las tiendas especializadas apenas tenían lugar en mi vida. Ya tendrían su momento. Se convertirían en el lugar perfecto para completar, para comprar tebeos en inglés y para descubrir nuevas editoriales. Pero el local por excelencia de mi educación tebeística estaba siempre a la vera de un parque. Ya fuera el que tenía cerca de casa, ya aquel en el que mi tío me llevaba a gastarme las 5.000 pesetas que me daba mi abuela para tales menesteres, antes de cebarme con su ya extinto arroz al horno.

Si un quiosco tiene cuatro paredes, de las cuales una se despliega para la venta de todo tipo de artículos, las otras tres albergaban todo lo que me podía interesar. Decenas de tebeos expuestos a la chavalería del barrio. Ahí estaban las grapas del Sandman de Gaiman, Los Nuevos Mutantes de Claremont y Sienkiewicz, los GI Joe de Larry Hama, La Espada Salvaje de Conan con Cthulhu de sidekick, los primeros Transformers, el universo de Zinco…

Para mí eran los tiempos de leer los correos de los lectores, de enviar dibujos a nombres míticos como Miguel G. Saavedra, de leer El Extraño de Bernie Wrightson. Era una época curiosa en la que era posible toparse con gente afín y pelearse por el único ejemplar que llegaba a tu barrio de un tebeo en concreto. Un lugar hecho de pesetas en el que aún no había Superzings y en el que todo lo que se podía comprar tenía letras. 

Cuando soñábamos con formar parte de ese mundo, no imaginábamos que existiría Endgame y apenas imaginamos que había mucha más gente como nosotros. Con el tiempo, no dejo de pensar en que no éramos tan pocos como yo creía, que cada kiosco era como un nodo de futura nostalgia a cuyas paredes de cristal se aferraban más sueños de los que yo creía posible.

Con el tiempo, los tebeos de esos kioscos dejaron de tener atento a su público, que se había desplegado y había renunciado a esa cómoda escasez de barrio. En su lugar, la ruta de las librerías, junto a la madrileña Plaza de Callao. De un modelo muy distribuido a otro muy concentrado.

Ya en la universidad, cuando el kiosco empezó a ser para mí el sitio en el que compraba el periódico, me sorprendí a menudo revisando esas paredes, antaño brillantes. El sol había cambiado drásticamente los colores de mi infancia y los había transformado en un cian sucio, un celeste de pacotilla. Ahí, junto a esa pared de cristal, descubrí el significado de la palabra nostalgia.